Unidad Sociológica

ISSN 2362-1850. Publicación cuatrimestral.

Año 5, N° 18. Febrero 2020 - Mayo 2020.

Dinámicas contemporáneas de inclusión/exclusión de grupos racializados, minorías etno-nacionales y religiosas

Grupo de lectura sobre análisis sociológicos clásicos y contemporáneos (GLASCyC)

¿Celebración de la precariedad o democratización del consumo? Reflexiones en torno al surgimiento y la expansión de las ferias de La Salada en la localidad de Lomas de Zamora*

 

Juan Martín Bello

Instituto de Investigaciones Gino Germani (Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires).

 

Resumen

 

La Salada es un complejo comercial ubicado en la localidad bonaerense de Lomas de Zamora. Estos comercios se originaron a comienzos de los años noventa, cuando un grupo de familias migrantes de origen boliviano se organizaron para comercializar artículos de indumentaria y calzado a precios más económicos que otros espacios de comercio.

A partir de una revisión de notas de prensa y de investigaciones académicas previas, el presente artículo pretende abordar el surgimiento y desarrollo del complejo ferial de La Salada en el marco de procesos sociales e históricos más amplios. A su vez, se analizarán los diferentes modos en que la prensa gráfica y los estudios académicos caracterizaron a través del tiempo a las relaciones sociales que tienen lugar dentro del complejo, a sus principales agentes y a las correspondientes formas de organización colectiva propias de sus participantes.

 

Palabras clave

 

Industria textil  – Informalidad – La Salada – Migración boliviana – Progreso social

 

Abstract

 

La Salada is a commercial complex situated in the district of Lomas de Zamora in the Argentinean province of Buenos Aires. This market originated in the early nineties, when a group of immigrant families of Bolivian ascendant organized themselves in order to offer more affordable clothing and footwear items than those available in other commercial circuits.

The aim of this article is to address La Salada’s origins and growth as a commercial complex in the light of broader historical and social processes by reviewing journalistic material and previous academic research. Additionally, I will analyze the ways in which, during different periods, journalism and academia have each characterized the social relations that take place in the complex, paying attention to its main social actors and their respective forms of collective organization.

 

Keywords

 

Garment industry – Insecurity job – La Salada – Bolivian migration – Social progress

 

Introducción

 

La Salada es un complejo ferial ubicado en el barrio de Ingeniero Budge, en la localidad bonaerense de Lomas de Zamora. Estas ferias surgieron a comienzos de los años noventa, cuando, en un contexto de desmantelamiento de la industria local y expulsión de la mano de obra textil, un grupo de familias migrantes de origen boliviano comenzaron a ofrecer artículos de indumentaria y calzado a precios más económicos que otros espacios de comercio. En la actualidad el complejo ocupa un territorio de veinte hectáreas y está conformado por tres grandes paseos de compras y numerosas galerías y centros comerciales de menores dimensiones que reúnen en su totalidad alrededor de 15.000 puestos de venta. Estos comercios convocan por día de feria a unos 50.000 visitantes, emplean –si bien de manera precaria e informal– a cerca de 6.000 familias y abastecen a otras 200 ferias de menor tamaño en el interior del país (D’Angiolillo et al.; 2010; Gago, 2014).

Ya sea por su expansión a nivel económico y social, por sus formas de organización interna [1], o por transgresiones a distintas normas legales que tienen lugar al interior del complejo [2] (asociadas a delitos como la explotación laboral, la falsificación de marcas o la ocupación ilegal del espacio público), las ferias de La Salada son un objeto susceptible de ser abordado a partir de múltiples perspectivas. Con respecto a esto último, considero que La Salada puede ser comprendida como una expresión de procesos que, con distintos niveles de intensidad, llevan en Argentina ya más de cuatro décadas, y entre los que podemos contar: el desmantelamiento de la industria local, la desregularización del mundo del trabajo, los nuevos modos en que el Estado atiende las demandas de diferentes sectores de la población y el surgimiento paulatino de nuevas formas de trabajo autogestionado (Correa, 2011; Miguel, 2011, Rebón, 2004; 2006).

El interés de este trabajo radica en analizar el proceso de surgimiento y expansión del complejo ferial de La Salada, en sus distintas etapas y reflexionar acerca de si el desarrollo de este complejo puede ser comprendido en términos de progreso. Para el análisis se recuperarán los aportes de Folbre y otros (2018), que destacan el carácter multidimensional del progreso social, el cual se compone de elementos como la democracia, las clases sociales, el crecimiento económico y la igualdad o desigualdad. En esta exposición se analizarán datos provenientes de investigaciones previas que abordaron el fenómeno, de notas de prensa y, en menor medida, de observaciones y entrevistas en profundidad realizadas durante las propias visitas a estas ferias. En el apartado final se expondrán distintos posicionamientos ante la posibilidad de comprender a La Salada como expresión de un progreso.

 

“El peldaño siguiente tras el naufragio”[3]: origen de las ferias

 

La industria textil argentina comenzó a consolidarse en la década del treinta (Adúriz, 2009), durante el período conocido como industrialización sustitutiva de importaciones. Para ese entonces, el sector lideraba el crecimiento industrial del país, presentando entre los años 1925 y 1950 una tasa de crecimiento del 10% anual (Canitrot et al., 1976). Durante las décadas siguientes, y hasta mediados de los años setenta, la industria textil se orientó principalmente hacia el mercado interno, siguiendo las fluctuaciones y sucesivas crisis que tuvo el modelo sustitutivo.

A partir de mediados de la década del setenta, comenzaron a aplicarse en Argentina y en otros países, políticas de corte neoliberal, las cuáles, entre otros aspectos, consistieron en la desregularización de servicios públicos, la apertura de las economías locales y, en un plano más discursivo, en la proliferación de discursos centrados más en la noción de consumidor que en la de ciudadano y del papel del individuo como responsable fundamental de su propio bienestar (Bauman, 2003; Graciarena, 2014; Miguel, 2011; Svampa, 2005). La apertura a bienes importados, sumada a un tipo de cambio favorable para su adquisición, produjeron el cierre de varias empresas locales. Estas políticas se acentuaron durante los años noventa, y la implementación del Plan de Convertibilidad, el cual por ley equiparaba al peso local con el valor del dólar estadounidense. Además del quiebre de empresas medianas y pequeñas, varias firmas textiles de mayor envergadura intentaron sostenerse a partir de distintas estrategias, fusionándose entre sí, estableciendo alianzas o a través de cambios en sus sistemas de producción, que por lo general consistieron en retener las áreas generadoras de mayor valor agregado–como el diseño, la publicidad y la comercialización–, y tercerizar áreas más costosas y mano de obra-intensivas, estrategia común a nivel mundial desde hacía una década atrás en el sector textil (Adúriz, 2009; Aspers, 2010; Ludmer, 2019). Según los estudios de Adúriz (2009), hacia fines de los noventa, las exportaciones habían caído en un -42,28% y el aumento de importaciones en el sector textil representaba cincuenta veces el volumen que se importaba a fines del decenio anterior.

Existe una suerte de mito de origen sobre la feria. Según este relato, un tallerista boliviano, que producía ropa para una marca conocida, se había visto frustrado al recibir un cheque a noventa días como pago por parte de su cliente. Luego de que esta situación se repitiera en sucesivas oportunidades, el fabricante decidió vender por cuenta propia la mercadería producida, a un precio mayor a su costo de fabricación, pero considerablemente menor al que cada una de esas prendas hubiese tenido en caso de que las hubiese comercializado la empresa más reconocida. Este hombre vendió todas las prendas en el Puente 12 de la localidad de Ezeiza, en el Gran Buenos Aires, convocó después a otros compatriotas para acompañarlo en su actividad, y luego de distintas persecuciones y conflictos con las fuerzas de seguridad, terminaron ubicándose en el barrio de Ingeniero Budge en la localidad de Lomas de Zamora [4].

Desde una perspectiva microsocial, podemos hallar en este relato algunos de los procesos vigentes en el país durante el último cuarto del siglo: escisión entre los eslabones de diseño y comercialización, por un lado, y las actividades más manuales, por el otro, desprotección de los trabajadores textiles –para esta etapa ya comúnmente informales– ante los abusos de algunas empresas, y las incipientes iniciativas de los primeros para articular por sí mismos la producción con la venta e intentar mejorar la propia situación (o progresar) a partir de emprendimientos propios. En un primer nivel de análisis, La Salada podría ser interpretada como una respuesta a estos procesos, reacción que no fue única ni concreta, sino que tuvo su propio desenvolvimiento.

Durante una primera instancia el estado de estos emprendimientos era precario e informal, e involucraba en mayor medida la ocupación ilegal de espacios públicos, no había contratos formales que habilitasen el funcionamiento de los comercios y sus estructuras materiales eran más bien rudimentarias. No obstante, con el transcurso del tiempo, la organización de estas comunidades, ciertos acuerdos con las fuerzas de seguridad y negociaciones con dueños de varios predios de la zona (que en su origen estaban destinados a balnearios populares), se logró alcanzar un nivel de formalidad que (aunque distase de ser total) fue considerablemente mayor. Es precisamente en esta etapa en la que surgen las tres grandes ferias que son representativas de La Salada. En 1991 se registró la feria de Urkupina, en 1994 se fundó Ocean, y Punta Mogote, la última de las tres ferias en abrirse, se inauguró en 1999. En los tres casos se trata de grandes predios cerrados que en su interior concentran entre mil y dos mil puestos de venta [5], los cuales están registrados bajo la figura del monotributo (Campos, 2008).

Durante ese período las ferias de La Salada comienzan a tener visibilidad. Si nos atenemos a las representaciones que aparecen en la prensa gráfica, la mayoría de sus apariciones se asocian con hechos negativos, como la falsificación de marcas, la ocupación ilegal del espacio público, la explotación laboral y la inseguridad de la zona. Como principal aspecto positivo se destaca la función de contención social (no siempre expresada en esos términos) que cumplen estas ferias al brindar empleo (si bien no registrado) y productos a muy bajos costos a personas expulsadas del mercado de trabajo formal.

 

El año 2001 como clivaje: expansión y visibilidad

 

En distintos estudios –vinculados tanto a la estructura social argentina (Svampa, 2005), como a trayectorias educativas y laborales de distintos sectores sociales durante el período posterior (Correa, 2011; Miguel, 2011; Rebón, 2004; 2006; Vargas, 2013)–, el año 2001 es comprendido como la culmine de procesos sociales y económicos que fueron gestándose desde mediados de los años setenta. Por otro lado, la devaluación del peso y ciertas políticas públicas posteriores orientadas a fomentar el empleo y abastecer al mercado interno, introdujeron cambios significativos para los productores locales, a saber, el encarecimiento de los bienes importados y la oportunidad de producir bienes para el mercado interno (Adúriz, 2009; Ludmer, 2019; Miguel, 2013). Con respecto a las ferias de La Salada, en varias investigaciones (Campos, 2008; Pogliaghi, 2008; Schiavo, Rodríguez y Vera, 2013) se señala, que luego de 2001 y dentro de los productos que se ofrecían en el complejo, aumentó la proporción de bienes textiles producidos por los propios feriantes (o por talleristas allegados a éstos), en relación a los artículos importados. A su vez, el deterioro en el poder adquisitivo de una porción amplia de la población convirtió a La Salada en una opción particularmente atractiva para sectores medios que aún disponían de otras posibilidades de compra (Albisu, 2011; Campos, 2008; Schiavo, Vera y Dos Santos Nogueira, 2016).

Con respecto a las ferias de Ocean y Urkupiña, Punta Mogote introdujo algunas novedades. En primer lugar (e independientemente de las proporciones reales que representan las distintas colectividades en cada uno de los predios) este paseo de compras tendría una mayor asociación con la identidad nacional argentina, la cual se expresaría en el tipo de festividades celebradas en esta feria, como también en la visibilidad y el trabajo de promoción y difusión que realizaría Jorge Castillo en distintos espacios (D’Angiolillo et al., 2010; Gago, 2014; Girón, 2011; Hacher, 2011; Ossona, 2010a). En relación a esto último, se destaca el trabajo realizado por el administrador de Punta Mogote para atraer a los medios de comunicación, permitir el ingreso de éstos a su predio, aceptar entrevistas y visibilizar la existencia de La Salada como un espacio legítimo para adquirir indumentaria a precios accesibles (Hacher, 2011).

Si tomamos de referencia las notas publicadas por la prensa, podemos observar como durante este segundo período se hacen más frecuentes las notas en diarios de circulación nacional como La Nación, Clarín o Página/12. Algo similar ocurre con los artículos académicos que refieren al complejo ferial. Durante las instancias de relevamiento de antecedentes, se observó que los 26 trabajos encontrados [6]  fueron publicados a partir de 2008. Durante este período también, se publicaron dos libros sobre la feria con un enfoque más bien periodístico –La Salada, de Nacho Girón y Sangre salada de Sebastián Hacher– y se filmaron dos películas: Hacerme feriante, de Julián D’Angiolillo (2010) y La Salada, del cineasta argentino-coreano Juan Martín Hsu (2014).

Si bien durante esta etapa se observan algunos elementos del complejo ferial que son considerados generalmente como positivos, como el crecimiento de los emprendimientos locales, la concurrencia de nuevos públicos, o incluso experiencias de movilidad social ascendente vivenciadas por algunos emprendedores, los elementos negativos asociados al fenómeno continúan vigentes. Entre estos componentes, uno de los que más se destacan es la explotación laboral que padecen muchos de los trabajadores textiles que producen las prendas que se ofrecen en estas ferias. Las condiciones laborales de estos trabajadores textiles, que con frecuencia son migrantes bolivianos, involucran contratos no registrados, jornadas diarias de hasta dieciocho horas y ambientes de trabajo insalubres (relacionados con condiciones de hacinamiento, mala calidad de iluminación y exposición durante períodos prolongados a ruidos fuertes y al polvo que generan las máquinas) (Campos, 2008; Ludmer, 2019; Ossona, 2010; Pogliaghi, 2008; 2010).

El problema de la explotación de estos trabajadores es también relevante porque, según varios de estos estudios (Henkel, 2016; Ossona, 2010a; Sassen, 2011), permite contextualizar a La Salada en el marco de procesos más amplios considerados típicos de las reformas neoliberales. Para dichos autores, la existencia de trabajadores migrantes que, en condiciones de suma informalidad y precariedad, producen artículos de indumentaria que serán luego comercializados a bajos costos, resulta un efecto ilustrativo de la retirada del Estado como garante de derechos y protecciones sociales, y de la reconfiguración de grandes empresas textiles (que comienzan a tercerizar las tareas que generan menos valor agregado a talleres de menor tamaño). Por otro lado, Sassen (2016), Henkel (2016) y Montero y Bressan (2017) consideran que estas modalidades de trabajo informal funcionan, además, como modos de disciplinamiento, cumpliendo la función de ejército de reserva para quienes se desempeñan en condiciones de mayor formalidad.

Otros estudios, no obstante, se focalizan en la organización de estas ferias y los puntos de vista de sus participantes. Autores como Forment (2015) y Velázquez (2013) destacan las formas de organización de estos feriantes como modos de resolver demandas que el Estado ya no estaría garantizando de antemano. Verónica Gago (2014), por otro lado, interpreta a la emergencia de estos emprendimientos como una expresión “desde abajo” a las políticas económicas neoliberales.

Es importante destacar que, más allá de las distintas posturas que se expresan en las investigaciones, la mayoría de los estudios coinciden al definir al período posterior a la crisis de 2001 como una etapa de expansión del complejo ferial en un contexto económico considerablemente más favorable que el de la década anterior. Al respecto, Pogliaghi (2008), toma este cambio de período para describir el carácter anticíclico como también procíclico que adquiere La Salada ante distintos momentos económicos de la Argentina. Campos (2008), por su parte destaca la gran capacidad de adaptación que mostró el complejo para continuar expandiéndose durante períodos económicamente tan disímiles.

En este período encontramos entonces una complejización del fenómeno de La Salada con una correspondiente mayor visibilización del complejo ferial, la cual se expresa en la aparición de notas de prensa, papers, películas y libros de diverso tipo que abordan este fenómeno. Entre sus características específicas, se evidencia una mayor proporción de emprendimientos locales que se ocupan de fabricar bienes textiles y una mayor concurrencia por parte de distintos públicos, incluso en un contexto general de crecimiento económico. Al mismo tiempo, se observa como ciertos elementos considerados negativos, como la precarización, la explotación y la informalidad laboral comienzan a coexistir con elementos considerados positivos, como experiencias de movilidad social ascendente (Benencia y Canevaro, 2017), organización de los sectores populares (Forment, 2015; Gago, 2014; Velázquez, 2013) o incluso de cierto “exotismo” asociado a estos sectores y a determinadas comunidades migrantes, lo cual se expresa en algunas películas o libros académicos (Gago, 2014)  y periodísticos (Girón, 2011; Hacher, 2011).

 

“La Salada ya no es lo que era”[7]: desaceleramiento y recesión

 

El trabajo de campo de la propia investigación, focalizada en el predio de Punta Mogote, comenzó a mediados de 2017. A través de entrevistas y conversaciones con feriantes se observó que la percepción general sobre el momento no era particularmente de expansión. En varias conversaciones, los feriantes señalaron que esas entrevistas o charlas informales sólo eran posibles en ese nuevo contexto de “tranquilidad” –expresada en una baja concurrencia de clientes–, que no era percibida positivamente por quienes vendían artículos en la feria.

Durante el transcurso del trabajo de campo se observaron locales que antes habían ocupado dos puestos y luego pasaron a ocupar un único local, feriantes que habían dejado de alquilar puestos en la feria y se concentraron en vender prendas por otros medios o en trabajar por encargo para fabricantes de mayor envergadura (realizando tareas de corte o de confección). También se conoció un caso en el que se pasó de tener una marca propia a realizar imitaciones de prendas de una marca conocida, lo cual representaba un retroceso en relación al propio emprendimiento, pero posiblemente reducía costos de diseño y facilitaba la atención de cierto público que buscaba artículos de marca.

Si bien en 2017 ya se apreciaba un período evidentemente distinto al de expansión de La Salada, no es sencillo señalar cuándo inició esta nueva etapa. En varias entrevistas se asoció el clivaje con el inicio del gobierno de la alianza Cambiemos a fines de 2015. Sin embargo, distintos estudios que abordan los devenires del sector textil en la Argentina, ya identificaron un proceso de estabilización (Mera, 2012) o incluso de desaceleración o estancamiento (Alatsis, 2018; Aduriz, 2009) para el sector durante los últimos años del segundo gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.

A diferencia de la etapa anterior, en la que se produjo una expansión del complejo ferial, junto con una relativa formalización y una mayor visibilidad del complejo, durante este último período las ferias experimentan una reducción de su actividad, mientras que sus representaciones más generales se focalizan más que antes en cuestiones delictivas vinculadas principalmente a la conformación de asociaciones ilícitas por parte de sus principales administradores [8]. Como constante, aún se pueden identificar discursos que atribuyen a La Salada una función de contención social al brindar empleo a sectores que no tendrían facilidad de obtenerlo por otros medios. Esto se enfatiza en un contexto económico más desfavorable que el anterior.

 

La Salada como expresión de desafíos: algunas reflexiones a modo de cierre

 

Para realizar un abordaje integral de lo que representan las ferias de La Salada es importante diferenciar, por un lado, los procesos de evolución que experimentó este complejo ferial y, por el otro, si los efectos producidos por estos procesos pueden ser considerados en términos de un progreso. Si nos atenemos a las características y dinámicas propias de este conjunto de ferias, la discusión acerca de si éstas pueden ser comprendidas como progreso según los conceptos de Folbre se complejiza. De acuerdo al aspecto que se considere se pueden sostener posturas diferentes.

A partir de una posición que Folbre y su equipo (2018) describen como liberal-conservadora, y que entiende al progreso como la capacidad de las personas de asumir la responsabilidad sobre su propio bienestar sin requerir auxilio externo, la existencia de La Salada podría ser considerada como algo positivo. Desde esta perspectiva, lo que encontramos son individuos emprendedores que, ante un contexto de crisis y escasez de recursos, logran crear sus propios empleos, cubriendo por sí mismos sus necesidades e incluso las de terceros (si se considera a familiares de estos emprendedores o a comerciantes que compran sus productos y luego los revenden). Incluso la existencia de empleo no registrado podría considerarse un aspecto valorado desde un enfoque neoliberal, teniendo en cuenta las posturas de algunos autores sobre la informalidad como una respuesta a regulaciones estatales que consideran excesivas (De Soto, 1992).

Otros enfoques también podrían interpretar a La Salada como una expresión positiva de progreso, si bien se centran más en la organización de colectivos que en trayectorias individuales. Estas perspectivas se focalizan en elementos que Folbre concibe como propios de un progreso social democrático. Recuperando aportes de Wright (2010), Folbre y otros (2018) consideran como rasgo democrático definitorio el igual acceso a los medios necesarios para una participación real en las decisiones que afectan nuestras vidas. Desde esta perspectiva, los autores consideran que un indicador de progreso democrático está representado por el grado en que los sectores menos privilegiados logran acceder a esa participación (Folbre et al., 2018). Este argumento, sin embargo, puede ser discutido por otros autores para el caso de La Salada. Si bien es cierto que encontramos experiencias de solidaridad y cooperación entre miembros de una misma familia, o entre connacionales, es posible que estas articulaciones no excedan la lógica mercantil, orientándose la ayuda mutua a la obtención de trabajos o recursos (a través, por ejemplo, de créditos informales o de modos de ahorro colectivo) que a transformaciones más amplias. Incluso autores como Dewey (2014) o Montero Bressan (2017) destacan la ausencia de gremios que agrupen a feriantes o a trabajadores textiles como argumento para señalar los límites de estas formas de solidaridad. A diferencia, por ejemplo, de experiencias de empresas recuperadas luego de la crisis de 2001, aquí no se encontraron promotores que ayudasen a fomentar una conciencia de grupo y un horizonte más amplio que lo trascendiera (Rebón, 2004; 2006). Si bien en el desarrollo de las ferias cumplieron un papel importante las figuras de Jorge Castillo y de Enrique Antequera –administradores respectivamente de las ferias de Punta Mogote y Urkupiña– sus objetivos se expresaban más bien en términos de negocios rentables y exitosos que en transformaciones sociales más amplias.

Desde un tercer enfoque, más centrado en las condiciones del trabajo formal y en los derechos y conquistas laborales obtenidas durante el Siglo XX, el carácter regresivo de las ferias de La Salada pareciera evidente: hay una amplia proporción de trabajo no registrado sin derechos laborales ni las garantías propias de la seguridad social.  Sin mencionar las condiciones de trabajo de quienes se ocupan de producir la mercadería que se ofrece en estos comercios (Henkel, 2016; Sassen, 2011; Montero Bressan, 2017; Ossona, 2010a; 2010b; 2017). En este sentido, Montero Bressan (2017) cuestiona los aportes de algunos trabajos que se podrían vincular con el segundo enfoque (Benencia y Canevaro, 2017; Gago, 2014; Wilkis y Hacher, 2014) los cuales, según este autor, realizan una cuidadosa selección de trayectorias exitosas, sugiriendo una caracterización del complejo que deja de lado las realidades de muchos de sus participantes.

Si bien se puede coincidir con las críticas que Henkel (2016) y Montero Bressan (2017) realizan a estudios que sostienen una perspectiva “extra-moral” (Gago, 2014: 22), también hay que considerar que estos últimos enfoques favorecen el abordaje de otras de características de la feria, como el surgimiento de nuevas marcas, las especificidades de las relaciones sociales al interior del complejo, la creación de valor y los puntos de vista de algunos de sus participantes.

La existencia del complejo ferial es un muy buen ejemplo para dar cuenta de las múltiples direcciones que puede tomar la noción de progreso. Si bien es cierto que a partir del surgimiento de este complejo podemos observar ciertas iniciativas de emprendimientos exitosos por parte de los sectores populares, así como también relaciones de solidaridad y cooperación, estos eventos no resultan incompatibles con condiciones de explotación incluso más extremas que las que comúnmente se encuentran dentro del sector formal del sistema capitalista. Al día de hoy, y desde una postura centrada en los modos en que esta feria puede ser abordada desde las ciencias sociales, considero que estas distintas perspectivas resultan complementarias entre sí, especialmente si lo que se desea es conocer y contrastar las diversas dimensiones que tiene el complejo ferial de La Salada.

 

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Notas

 

[1] Las formas de relativa autonomía que adquieren la organización de los y las feriantes de La Salada fueron caracterizadas como “centralidad periférica suburbana” por D’Angiolillo y otros (2010), mientras que autores como Ossona (2010a) utilizan el concepto de “Estado dentro del Estado”. A su vez, Forment (2015) acuña el término de “democracia plebeya” (plebeiandemocracy) para referirse a estos modos de organización.

 

[2] Véanse en este sentido los trabajos de Dewey (2014; 2015; 2017); Henkel (2016); Montero Bressan (2017); Ossona (2010a; 2010b; 2017); Pogliaghi, 2008; 2010; Sassen (2011); Savini (2011).

 

[3]Título tomado de una nota publicada en el diario Página/12 el 29 de abril de 2003.

 

[4] Una versión más detallada de estos sucesos puede encontrarse en el capítulo 4, Bicicleteo, del libro La Salada escrito por el periodista Nacho Girón (2011).

 

[5] Durante visitas del autor al complejo ferial de La Salada se registraron otras 29 galerías de menores dimensiones cuya cantidad de puestos de venta oscilaba entre 18 y 300 locales.

 

[6] En la búsqueda se identificaron 26 trabajos de investigación publicados entre 2008 y 2017, entre los que podemos mencionar: dos libros publicados por investigadores en ciencias sociales (Dewey, 2015; Gago, 2014), cuatro capítulos de libro (Dewey, 2017; Ossona, 2017; Pogliaghi, 2010; Schiavo et al., 2014), una tesis de posgrado (Pogliaghi, 2010), nueve artículos publicados en revistas académicas (Benencia y Canevaro, 2017; D’Angiolillo, et al., 2010; Dewey, 2014; Forment, 2015; Gago, 2011; 2012; Savini, 2011; Schiavo et al., 2013; 2016), dos informes realizados por organismos estatales (Albisu, 2011; Campos, 2008), cuatro presentaciones en congresos nacionales e internacionales (Ossona, 2010a; 2010b; Schiavo, et al., 2011; Velázquez, 2013) y cuatro artículos publicados en revistas más cercanas a la divulgación (Abba, 2009; Henkel, 2016; Sassen, 2011; Wilkis y Hacher, 2014).

 

[7] Paráfrasis de comentarios de feriantes en conversaciones informales durante el propio trabajo de campo.

 

[8] Véase: “Detuvieron al ‘Rey de La Salada’”, 21 de junio del 2017 Diario La Nación y “Arrestaron al otro hombre fuerte de La Salada”, 11 de agosto del 2017 Diario Página/12.

 

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* Quiero agradecer a las y a los feriantes de distintos predios del complejo ferial de La Salada por su generosidad al compartir conmigo su tiempo, experiencias y puntos de vista durante sus jornadas de trabajo (y en más de un caso también durante su tiempo libre). Si bien este artículo en particular se focaliza en datos provenientes de notas de prensa y de estudios académicos, la información brindada por estas personas permitió orientar estos datos hacia nuevas ideas y argumentos. Quiero agradecer también a Matías Alcántara y a Candela Hernández, por sus comentarios a versiones previas de este trabajo, y a Ignacio Rullansky por su ayuda en la traducción del resumen en inglés.

 

 

 

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